Reforma fiscal y religión

Por Esteban Valenti (*)

Las más rígidas construcciones intelectuales de los seres humanos, son las religiones. Cuando alguna otra disciplina o actividad se parece aunque lejanamente a una religión, hay que prender una señal de alerta anaranjada oscura.

La reforma fiscal es la primera gran reforma estructural, que es fundamental para un proyecto de izquierda: la redistribución de la riqueza. Como tal debe ser vista y juzgada. Es la primera vez desde hace muchas décadas que no se retocan los impuestos, no se hace un ajuste fiscal para paliar un déficit crónico, sino que se reforma integralmente el sistema de tributos que pagamos los uruguayos. No sólo para hacer más eficiente y moderna su recaudación, sino sobre todo más justa. Sin esto último no sirve.

La ferocidad de los ataques a la reforma fiscal puede ser proporcionales a los intereses que afecta y a la profundidad del cambio no sólo social sino económico. Como toda reforma tiene diversas etapas. O debería tenerlas.

Primero. A partir de la aplicación de la reforma es necesario un periodo de sinceramiento, de transparencia de todos los habitantes. Todos los ingresos deben ser conocidos y salir de esa maraña impenetrable que fue tejida por acumulación, desidia, desorden y por intereses para que cada uno buscara la mejor manera de evadir los impuestos. Esa ya es una reforma cultural importante.

En esta primera etapa es necesario y correcto que se conozcan y se hagan transparentes todos los ingresos que recibe cada persona en la sociedad uruguaya. Sin eso no hay sistema fiscal eficiente y mucho menos justo. La transparencia no sólo molesta a las formas viejas de manejar el Estado, sino a muchos otros que en la sociedad nos acostumbramos a vivir y a avivar a la sombra de la selva fiscal.

En esta primera etapa también se tendrá un panorama exacto de la recaudación y del impacto de la reforma en los diversos niveles sociales y económicos, en la inversión, la contratación del personal, la tecnificación de las empresas.

Segundo. Debería ser un periodo de corrección, de seria corrección. Los fanatismos, los integralismos en todos los planos son nefastos y mucho más en el manejo de la economía. Si se recauda más de lo esperado, si se comprueban injusticias hay que corregirlas, permitir que se detraigan gastos de los ingresos para que las familias tengan un tratamiento más justo, hay que eliminar de los montos que tributan IRPF ingresos que no corresponden. No podemos ser fanáticos de nada, menos de un sistema tributario.

No hay que permitir absurdos de ningún tipo, ni en los montos imponibles, ni en la afectación desproporcionada de sectores sociales. No se trata de remezclar la  riqueza dentro de las franjas medias, sino de comenzar a cobrar a los que disponen de altas rentas. Como se hace en los países desarrollados y más justos que nosotros.

También existen otros mecanismos de redistribución. Bajar los impuestos al consumo, como el IVA. En ese caso hay que ser muy cuidadosos, porque la experiencia demuestra que no toda la rebaja llega a destino, una parte se queda en las ganancias empresariales. Por lo tanto creo que es mucho más efectivo incorporar gastos a los montos imponibles o subiendo los montos de las diversas franjas.

La otra forma de redistribuir la riqueza es a través de las prestaciones del Estado a los sectores más débiles, que es bueno recordarlo porque se olvida demasiadas veces, son los menores de 18 años. En ese sector casi el 50% de los niños y jóvenes están por debajo de la línea de pobreza. Es cierto que no votan, pero un gobierno progresista tiene la obligación de atender en primer lugar esos sectores, cuya voz es también más débil y tienen menos lobby, o directamente no tienen ninguno.

Todo esto teniendo siempre presente que hay un enorme peligro siempre al asecho, la ineficiencia y sobre todo el drenaje intermedio. Es decir que hay que asegurarse que los recursos que se destinen a la educación, a los planes sociales, a la salud, lleguen a sus destinatarios y no se queden atrapados en los diversos corporativismos. No es tarea fácil porque el Estado dispone de potentes redes para disputar su porción burocrática de riqueza.

El otro gran y supremo mecanismo para redistribuir la riqueza es el desarrollo nacional. Si crece la economía, crece el empleo y hay condiciones de negociación y de legislación laboral adecuadas, crecerán los salarios y la porción de la riqueza nacional que se llevan los trabajadores de hoy y de ayer. Crecerán los ingresos familiares. La reforma tiene una fuerte impronta en esa dirección, apuesta a utilizar los impuestos como orientador de las inversiones.

Hay algunos que no se sabe si por ignorancia o superficialidad disputan el mayor radicalismo para reclamar más impuestos para los más ricos. La reforma tiene un impacto importante en los sectores superiores de la pirámide social, pero hay algunos que están por encima. Hay más de seis mil millones de dólares de uruguayos que están depositados en bancos del exterior. No hay ferocidad impositiva que los pueda afectar. Sólo la inteligencia.

Para que sean sujetos de tributo, tienen que volver al país. El Uruguay necesitaría que una parte importante de esos recursos retornen en forma de inversiones.. Para ello deben crearse ciertas condiciones de previsibilidad, de seguridad jurídica y además de posibles utilidades que hagan que algunos de esos millones retornen.

Son capitales muy miedosos, aterrorizados. Muchos de ellos se creyeron en serio que la izquierda vendría a arrasar todo, otros hace mucho que los sacaron porque era una garantía frente a los avatares nacionales y regionales. Hay dos factores que pueden contribuir a que algunos vuelvan: la fuerte corriente de inversiones extranjeras que recibe hoy el país, la mayor de su historia y, las bajas tasas de interés en los bancos donde están depositados. Casi nula.

La traba principal para invertir la tendencia es el pavor especulativo. Para ciertas mentalidades es mucho mejor tener su dinero seguro y sin ganar que arriesgar en inversiones, empresas, producción. No hay decreto o plegaria que modifique esa cultura y todas las soluciones administrativas que se han ensayado han sido un profundo fracaso. La reforma fiscal y otras que están el parlamento, como la defensa de la competencia - que ironía, la izquierda impulsando uno de los estandartes del capitalismo - son parte del impulso a cambiar profundamente la mentalidad empresarial uruguaya.

Si se mira el país en el horizonte, es decir en esa línea fugaz y huidiza que se desplaza mientras avanzamos y que nos da una perspectiva de futuro y de distancia, las reformas estructurales deberían marcar los derroteros que cambien el país. Que lo cambien en la injusta distribución de la riqueza, el 20% más rico se apropia del 50% de toda la riqueza nacional, pero que lo cambien en su cultura, en su mentalidad dominante.

Modificar la relación entre el ciudadano y el Estado es una enorme tarea, que tiene que ver con las prestaciones, con los servicios, con la eficacia del Estado, con su transparencia y que tiene que ver con el destino de los impuestos. La reforma fiscal no es una religión, debe ser por eso que su publicidad es tan mala, espera que se imponga por la verdad abrumadora de sus revelaciones. Aunque a veces explicarla se haga tan cuesta arriba.

El gobierno progresista prometió cambios, no hay duda que en la estructura fiscal no hay continuidad, está cambiando, ahora veremos como gestiona la izquierda esos cambios dentro de los propios cambios, es decir la capacidad de adaptación, de corrección y de combinar hechos con comunicación y política. Un importante filósofo oriental, Washington Cataldi dijo que nadie sale a festejar a 18 de julio un buen balance, nosotros diríamos que nadie sale a votar por un buen equilibrio fiscal.

 

(*) Periodista. Coordinador de Bitácora. Uruguay